8 de enero de 2009

Lady Laura

Lady Laura
abrázame fuerte
lady Laura
y cuéntame un cuento
lady Laura
un beso otra vez
lady Laura


Pancho despierta, como todas las mañanas, con los ojos fijos en el techo por el que corren las primeras luces de la mañana. Claroscuros que se cuelan por las contraventanas que protegen los enormes ventanales de la estancia. Ventanales siempre abiertos, abiertos para que entre la brisa marina, para que la habitación se inunde con aromas de sal.

La casa se escucha en silencio. Un par de horas más y se llenará de ruidos, también de otros olores. Olor a pan, a café, a bacón y a huevos..., a su perfume. Pancho ladea la cabeza hacia el rumor de las olas que alcanzan la playa que se extiende a los pies de la casa. Una casa de piedra y madera, pintada de blanco inmaculado: contraste perfecto con el intenso azul que siempre viste el cielo. Unos minutos más y se levantará, cambiará su pijama por unos diminutos shorts para salir corriendo por uno de los miradores rumbo a las dunas más cercanas al agua, aquellas impregnadas por la humedad de las mareas.

La mañana se siente fresca. Pancho continúa en la cama, boca arriba. Ahora, con la mirada perdida en el infinito tras los batientes, imagina, en el celeste que se destila por sus rendijas, un día repleto de éxitos para sus construcciones de arena y agua. Tal vez hoy levante una enorme fortaleza, un gigantesco castillo con torres y almenas, con un foso repleto de agua. Sonríe. Sonríe y piensa en el pequeño león de poblada melena que aún se distingue en la arena, en el barco varado en tierra, devorado por aquella ola que llegó más lejos que las otras y que por un instante lo devolvió a la mar.

La manija de la puerta gira. Un dulce aroma invade la estancia y abre las contraventanas. El olor a sal se intensifica. La brisa vuela por la habitación. Pancho sonríe impaciente. Ya casi es la hora.

El olor dulzón se dirige hacia él. Pancho, nervioso, abraza los diminutos pantalones que cuelgan del cabezal de su cama. Ya es la hora.

Aferrado con fuerza a su ropa de juego Pancho se deja llevar por unos brazos firmes, suaves y perfumados. Los mismos que todos los días lo sacan de esa cama y lo visten para dejarlo con mimo al pie de la colina donde se levanta la casa, a resguardo de olas aventureras que puedan llevarse lejos ese cuerpecito que ahora sólo ansía jugar, ya no caminar.

El sillón

Suena el despertador a una hora demasiado intempestiva, para ser festivo. De un manotazo lo silencio, media vuelta en la cama, escondo la cabeza bajo la almohada y trato de sumergirme de nuevo en el estado de profundo sopor del que me ha sacado ese insistente pitido, aún a sabiendas que debo salir de casa, como mucho, en treinta minutos.

Una hora después despierto sobresaltada, miro el reloj y, sin encender la luz, salgo disparada hacia la ducha. En la carrera tropiezo con la cómoda situada a los pies de la cama. Algo cae y se hace mil pedazos contra el suelo.

Me quedo paralizada, rogando para que aquel espantoso ruido no sea lo que parece. Trato de avanzar para dar la luz y ver si…, pero no hace falta: el crujir de trocitos de esmalte bajo mis pies me indica que mi cortesana japonesa de kimono azul pasó a mejor vida.

¡Al fin en la cocina!, fatal de tiempo, a medio vestir y con el pelo mojado, tomo un jugo de naranja directamente del envase mientras se calienta el agua con la que prepararme un té. El micro pita, abro la puerta, introduzco la mano y… ¡¡¡aaaaaaahhhh!!!

Por suerte es aún temprano, la ciudad está desierta y se puede conducir a cierta velocidad. Así, pese a los primeros inconvenientes de la mañana, consigo llegar a mi cita con sólo una hora de retraso, tres de mis dedos abrasados y el pelo hecho un desastre.

Juan me espera en la esquina convenida. Un gesto renegón aparece en su cara; un encogimiento de hombros, por mi parte, lo transforma en sonrisa. Junto a él, una barbie monísima que no había visto en mi vida, y que resultó llamarse Marie.

Mientras caminamos le comento a Juan el desgraciado accidente de mi dama esmaltada. Maldice y comenta que va a estar jodido conseguir otra pieza como ésa. Palabras que me sumen más en el pesimismo de un día que comenzó malamente.

La barbie observa, lanza suspiro quejumbroso, toma aire y suelta una perorata respecto a su preciosa colección de jarrones Art Decó de Emile Gallé que tiene recluida en un vitrina, para que no sufran accidentes "evitables" como ése. Juan observa a la barbie y babea. Yo la miro con odio.

Continuamos la marcha al ritmo de la cantaleta, sin freno, que mantiene la muñequita. Habla de esto, de aquello, de lo de más allá, hasta que nombra algo que capta la atención de Juan, y se pone a describirlo con todo lujo de detalles. Juan babea incluso más que cuando la mira a ella. Yo no puedo reprimir una mueca de asombro: el rey de la modernidad baboseando por una pieza que ni de lejos se acerca a sus gustos.

De pronto algo llama mi atención. ¡Quedaría de perlas en mi cuarto! Agarro del brazo a Juan y lo arrastro tras de mí. Ella absorta en su propia conversación se queda en mitad de la calle hablando consigo misma. Juan protesta, pero yo insisto, le señalo con la mano. Sus ojos se abren como platos. Estructura metálica, tiras de cuero tensado sobre las que descansa una piel de cerdo, con sus cerditas y todo. Sonrío, contenta de haber recuperado a mi Juan, a mi Juan supermoderno, y casi estoy abrazándolo cuando unas palabras de recriminación, seguidas de un grito ensordecedor, nos saca de nuestro ensimismamiento. La tal Marie ha perdido por completo la compostura de niña pija y pega saltitos, al tiempo que señala algo. Juan se gira, exclama y palmea junto a ella. No doy crédito a mis ojos.

— ¡Lo quiero, lo quiero, lo quiero! —dice ella.

— ¡Lo quiero, lo quiero, lo quiero! —dice Juan.

¡Sigo sin creerlo! Aquello es espantoso. Un enorme sillón en madera cincelada, tapizado con un terciopelo que debió ser rojo sangre en otra época y que ahora, además de de calvas, tiene un par de sietes enormes, remendados sin disimulo, y un montón de mugre; eso sin contar con que sólo le quedan tres de sus cuatro patas cabriolé.

— Ahh, quedaría de muerte en mi salón —suspira ella.

— Si me siento en él, prometo no levantarme jamás — suspira Juan.

Y mientras Juan sigue profiriendo exclamaciones sobre aquel espanto, yo trato de atraer de nuevo su atención hacia mi precioso sillón. Pero ya no hay nada que hacer. Ha quedado por completo atrapado por su presencia.

— Si me siento en él, juro no levantarme jamás — repite Juan...




Suena el despertador. De un manotazo lo silencio, media vuelta en la cama, escondo la cabeza bajo la almohada y trato de sumergirme de nuevo en el estado de profundo sopor del que me ha sacado ese insistente pitido, aún a sabiendas que debo salir de casa, como mucho, en treinta minutos.

Una hora después despierto sobresaltada, miro el reloj y, sin encender la luz, salgo disparada hacia la ducha. En la carrera tropiezo con la cómoda situada a los pies de mi cama para caer sobre Juan y esa horrenda butaca que además de sus muchas lacras huele que espanta.

16 de diciembre de 2008

Homenaje a Machado

Mil veces ciento…, mil veces mil…

Pasa triste una nube mientras rayas con esmero, con el esfuerzo patente en la puntita de lengua que asoma entre tus dientes, un cuaderno de hojas pardas. Tu maestro, un anciano enjuto y seco, pasea frente a la pizarra. Capote raído, arrugado como su rostro, como las manos que sujetan la delgada vara con la que marca el ritmo de la lección, con la que a veces castiga severo la punta de los dedos.

Mil veces ciento…, mil veces mil...

Toda la clase repite en monótona cantinela la lección. La tarde, plomiza y fría, se refleja en las gotas de los cristales, en la ausencia de guantes y abrigos en las perchas, en los cuerpos que tiritan bajo ellos. No hay Caín, ni Abel.

Mil veces ciento…, mil veces mil...

Sigues concentrado en la labor de decir y escribir a la vez. No resulta fácil. La lluvia que golpea los cristales rompe el ritmo. Una voz se adelanta, otra se atrasa. Mil veces ciento…, un millón…, cien mil…, mil veces mil... El viejo arruga, aún más si cabe, su entrecejo. La caña golpea el sobre de una mesa. Segundos en que sólo se escucha el repiqueteo del agua que cae sin misericordia, gotera al final de la clase. El coro se recompone.

Mil veces ciento…, mil veces mil...

El maestro continúa su andanza, mueve la vara como director de orquesta. Tu lengua de nuevo entre los dientes, los dedos doloridos de tanto apretar el lapicero. El reloj de la iglesia marca las cinco. Sientes un picotazo en la oreja. La clase recita: Mil veces ciento…, mil veces mil… Te volteas, enfadado, justo en el instante en que el destello ilumina la clase, justo en el momento en que todo el coro infantil, menos tú, atento a la cámara que los enfoca, pone punto final a la lección.

Mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón.

17 de septiembre de 2008

Clara

Clara despierta. Por delante un duro día de trabajo, un exmarido que no deja de causarle problemas y dos hijos que mantener y, aunque sabe que no está bien: — Ojalá digan pronto que se marchan de su lado.

El sol aún no alumbra y la ciudad se siente en calma. No llega ni un sonido del exterior y eso parece contribuir aún más si cabe a acrecentar su soledad. Una soledad que arrastra tras de sí desde el día que dejó su pueblo para venirse a la gran ciudad. Salió de su casa para abandonar la miseria que la envolvía y buscar algo mejor pero, por desgracia, sólo encontró más miseria y mucha soledad.

Si se hubiera quedado en el pueblo, quién sabe qué le hubiera deparado el destino, pero al menos habría vivido en una miseria arropada por el calor y el amor de los suyos. Un calor que perdió en la distancia.

Sale a oscuras del salón, no quiere dar la luz, no quiere despertar a sus hijos. Hace meses que no duerme en su cama. Sólo el sofá le da la calma necesaria para conciliar un breve sueño. A oscuras se viste y se lava la cara. Ya no le gusta mirarse al espejo. Su imagen le lastima: sus ojeras, sus arrugas, esa vejez prematura que parece haberse adueñado de su cuerpo... No soporta ver en qué se ha convertido, en qué la han convertido, porque la vida no ha sido buena con ella. No lo ha sido y presiente que nunca lo será. Le da miedo expresarlo en voz alta pero, está gafada. La mala suerte le acompaña allá donde va.

Nota cómo una lagrima se desliza por su mejilla y no hace nada para retenerla. Ahora las lágrimas gobiernan su vida a su antojo. Vienen cuando quieren y se van sin pedirle permiso. No le quedan fuerzas para intentar dominarlas.

En la cocina un olor nauseabundo casi le hace vomitar.

— Malditos críos —. Hace dos días que les dijo que vaciaran el cubo de la basura y allí seguía, en su sitio, lleno a rebosar, descomponiéndose a pasos agigantados a causa del calor que los azotaba esos días.

Otra lágrima surca su cara, pero está vez es de rabia. Ella partiéndose el lomo para que ellos tengan qué comer y los muy cerdos viviendo a cuerpo de rey, sin dejar de poner la mano y de exigir plata. La vida no era justa con ella, no, no lo era.

Cierra los ojos, da media vuelta y a tientas busca las llaves y el bolso. Sus manos tropiezan con un sobre. No recordaba haberlo visto ayer. Decide no abrirlo. Seguro que le reclaman algún pago y ahora no tiene fuerzas para enfrentarse a nada. Mejor lo abre cuando regrese a casa, como siempre ya bien entrada la noche.

Por las mañanas limpia en una fábrica, por las tardes en un edificio de oficinas. Odia el trabajo en esas oficinas. Allí nadie es amable, nadie se digna a mirarle a la cara. Nunca la habían tratado bien. Nunca, hasta que llegó él. Otro error más que sumar a su larga lista.

El primer día incluso la llamó por su nombre. Ninguno en aquel asqueroso lugar había pronunciado hasta ese momento su nombre. “Eh tú” era la forma más amable que tenían de reclamar su atención. Así que cuando al girarse vio esa sonrisa iluminando aquella cara, se sintió flotar. Hacía tanto que nadie le sonreía... Después le dio conversación, le regaló los oídos con palabras amables, incluso la invitó un par de veces a tomar un bocado a la salida del trabajo. Pero resultó ser igual que los demás. Un polvo rápido, carente de cualquier muestra de ternura en los lavabos de las oficinas, era el último recuerdo que guardaba de él.

Una nueva lágrima surca el rostro de Clara que impasible la ve estrellarse contra el suelo. La vida no es justa, lo sabe, pero ella no se merece tanta injusticia.

Al fin ha acabado su jornada. Por suerte el día había pasado rápido. Le resultaba insoportable el trabajo en aquel lugar, pero necesitaba el dinero que semanalmente recibía como pago por sus servicios. Y hoy era día de paga y, como siempre, nadie para entregársela en mano. Sólo aquel sobre marrón pegado con celo en la puerta de su taquilla. Pero esta vez junto a él cuelga otro de color blanco. Un sobre que lleva su nombre. Entonces le viene a la memoria el que esta mañana encontró al levantarse y decide no abrirlo, ya lo hará cuando llegue a casa.

Mira el reloj. Las once. Demasiado tarde para encontrar un autobús. Tendrá que volver andando y el trayecto le llevará al menos una hora si anda ligerito. Pero no tiene ganas. No tiene ganas de llegar a casa, de pelearse con sus hijos, de ponerse de mal humor, de ver una vez más su casa convertida en una pocilga, porque ella ya no da para más y sus hijos nunca le echan una mano. Sólo saben darle más trabajo. — Ojalá se marchen pronto de casa. Ojalá se larguen y me dejen sola —. Sabe que no está bien que una madre desee eso, pero hay ratos en los que incluso desea que no hubieran nacido. Sin ellos se imaginaba su triste vida de otra manera. Sin ellos no hubiera tenido que pasar tantas penurias tras su separación.

Él hombre que la enamoró sólo quería una sirvienta y un cuerpo caliente al que arrimarse para satisfacer sus necesidades, y cuando ella se dio cuenta era demasiado tarde. Con dos niños, sola y sin dinero, no tuvo más remedio que seguir a su lado.
Recordaba con ironía como un año más tarde él la abandonaba “harto de aguantarla a ella y a los niños”. Sin dinero, con un alquiler que pagar y dos criaturas que alimentar tuvo aceptar el primer trabajo que le ofrecieron.

De eso hace ya catorce años.

Sigue caminando sola. La ciudad está desierta, sumida en el silencio de la noche, roto sólo de vez en cuando por el ruido de algún coche o de alguna motocicleta.

Mira el reloj y acelera el paso. Son casi las doce. A lo lejos el sonido de un vehículo que se detiene, unos pasos a sus espaldas y un golpe seco.

Clara despierta, por segunda vez ese día. Ante ella la inmensidad de la noche y un dolor terrible de cabeza. En medio de la acera alcanza a distinguir su bolso tirado en el suelo. Lo recoge, se pone de pie como puede y sin molestarse en rebuscar en su interior lo cierra. Esta semana no tendrán qué comer. Todo su esfuerzo, las horas de sueño que no ha tenido, no han servido de nada.

Dolorida y con el rostro surcado por miles de lágrimas llega a su casa. Rebusca en el bolso intentando localizar sus llaves. Por un momento piensa que también se las llevaron. Pero no, allí están las llaves y el sobre blanco que le dejaron en la taquilla.

Al abrir la puerta el olor procedente de la cocina le hace retroceder. Ya no huele sólo a basura, huele también a platos sucios amontonados desde hace días, huele a casa sin ventilar, a casa hecha un desastre. Pero ella ya no puede. Dieciocho horas de trabajo diario es más de lo que un ser humano puede soportar. Abatida se derrumba.

Cuando levanta la cabeza ve el sobre de la mañana y se acuerda del que guardó en su bolso. Lo abre y saca una pequeña hoja escrita a máquina. “Le comunicamos que a partir de hoy prescindimos de sus servicios en nuestra empresa. Como compensación, esta última paga equivale al salario de dos semanas”. Y ni una sola palabra más.

Ya ni siquiera percibe el repulsivo olor que lo inunda todo. Quiere gritar, pero nada sale de su garganta. Se siente cansada, necesita dormir. Necesita descansar. Igual mañana es capaz de pensar con más calma. Igual hasta es capaz de encontrar una solución.

Su mano roza el otro sobre. También lleva su nombre. Le tiembla todo el cuerpo cuando lo abre. Dentro una nota escueta : “Prueba de embarazo: positiva”

18 de julio de 2008

La mujer de mi vida



Yo me llamo Pedro y ella es Laura, y aunque en unas horas llevaremos sesenta y nueve días juntos, casi no sé nada de ella por extraño que parezca. Y no por no haber mostrado interés. Vaya si lo he mostrado, ¡desde el primer día que la vi! Sólo que las cosas siempre siguen sus propios derroteros y uno nunca puede prever qué sucederá.

La vi por primera vez en la parada de autobús del barrio. Era temprano, yo andaba medio dormido, enseguida llegó mi línea y sólo atiné a verla de refilón. De ese primer encuentro recuerdo una abundante cabellera pelirroja y unos preciosos ojos verdes.

Tengo treinta y siete años y pese a no ser mal parecido, al menos eso dicen mis compañeras de trabajo, rara vez mis escarceos amorosos han llegado más allá de una docena de citas. No sé, siempre hay algo que no acababa de cuajar y que impide que esas relaciones sean más duraderas.Sé que tengo una tendencia excesiva a hablar de mí mismo, pero claro esto resulta perfectamente comprensible si indico que hasta ahora todas las chicas con las que he salido han resultado demasiado poco habladoras. Para serles sincero, todo lo que supe de ellas lo averigüé en la primera cita. Luego pocas palabras más fui capaz de arrancarles.

Cómo decía, esa mañana un autobús me separó de la que yo presentí la mujer de mi vida. Y lo hizo porque normalmente suelo dormirme por las mañanas y consecuentemente llegar tarde al trabajo, para mosqueo de mi jefe, que yo creo lo hace adrede y me espera en la puerta de entrada para verme llegar y sermonearme con que a la próxima me expedienta me pone de patitas a la calle, que si esto, que si aquello... Y aunque soy un trabajador impecable y sé que la empresa no podría prescindir de mis servicios con facilidad, tengo que reconocer que a veces el jefe conseguía hacerme palidecer. Así que si alguna mañana, dios sabrá por qué, conseguía despertarme a la hora, ni la mujer más bella del mundo iba a impedirme llegar a tiempo al trabajo. Y eso pasó ese día, que por no hacer tarde a mi cita matutina sentí perder al amor de mi vida. Y una vez dentro de aquel transporte público sólo pude correr hacia la parte trasera y pegar mi cara contra su cristal para no perderme detalle, mientras irremisiblemente la necesidad de conservar mi empleo nos separaba para siempre.

He de indicarles también que suelo tomarme algunas cosas, sobre todo las relacionadas con el destino propio, muy a la tremenda por lo que si el autobús no hubiera ido hasta los topes de gente, juro que habría sacado el pañuelo para agitárselo en señal de despedida y para enjugarme una lagrimilla que me vi obligado a disimular como buenamente pude.

Llegué al trabajo de muy mal humor, a la hora, pero de muy mal humor. Pegué portazo y me encerré en mi despacho, signo inequívoco para mis compañeros de que ese día la falta de sueño había hecho merma en mi carácter jovial por naturaleza. A los veinte minutos de estar allí, sólo encontraba alivio en el recuerdo de mi cara pegada a aquel cristal y de su imagen emborronándose en la distancia.

A fin de tranquilizar mi espíritu decidí evocar de nuevo aquel momento arrimando la cara al cristal de mi ventana. Su tacto frío y suave me relajó hasta tal punto que me pareció verla de nuevo, allá abajo, apoyada en la marquesina de la parada de autobuses. Parpadeé varias veces para asegurarme que aquello no era un sueño y al abrir definitivamente los ojos pude convencerme de que ella estaba allí. Quise abrir la ventana y gritar para llamar su atención, pero por desgracia los ventanales de estas oficinas no se pueden abrir para evitar inoportunos suicidios del personal.Cuando me disponía a dar media vuelta para bajar raudo por las escaleras en su búsqueda, la “encantadora” secretaria del jefe reclamó mi presencia “ipso facto” en la sala de juntas. Abrí la boca, y la cerré, varias veces como un pez que intenta sobrevivir a una muerte inevitable. Y aunque inevitablemente mi fin no fue la muerte, sentí que ahora definitivamente me iba a quedar para vestir santos. ¡Por segunda vez se escapaba el amor de mis manos! Y no sería esa la última. Unas diez veces más mi mirada se cruzó con la de ella en algún punto de la ciudad. Un día incluso alcancé a oír a alguien pronunciar su nombre: Laura...

Así, visto lo visto, decidí salir en su busca. Para ello y según requería la ocasión −y ella no se merecía menos− me vestí con mis mejores galas.

Tengo que reconocer que cuando la encontré me costó animarme y dirigirle algo más que miradas. Estaba preciosa. Bajo la luz de aquella farola su pelo brillaba como un rubí. No mencionaré las emociones que me embargaron cuando sin obstáculos pude contemplar sus ojos verdes y sus labios carnosos. En cambio tengo que confesar que su vestimenta me sorprendió un tanto. Pero bueno, ya se sabe que la moda hay veces que resulta un poco extraña. Lucía unos vaqueros tan ajustados que se notaba a la perfección lo que había bajo aquella tela, y un diminuto sujetador plateado que apenas cubría la desnudez de su torso perfectamente bronceado. Me costó horrores retirar la mirada de esos senos tan perfectos, pero no quería que pensara que yo era uno de aquellos salidos que sólo busca sexo en su primera cita. No, no quería que ella pensara eso, porque ante todo yo la consideraba el amor de mi vida y la futura madre de mis hijos.

Finalmente me armé de valor, me planté frente a ella y sin dejar de mirarla a los ojos levanté la pesada maza que traía conmigo.

El ruido de los cristales haciéndose mil pedazos y cayendo al suelo fue ensordecedor. Debió despertarse medio barrio, pero sinceramente no me importó lo más mínimo, ya nada podría impedir que Laura fuera mía. La tomé con suavidad por la cintura y la invité a acompañarme en la desenfrenada carrera que emprendí hacia mi casa.

De eso hace ya sesenta y nueve días. Y aunque soy feliz a su lado, echo de menos saber más de ella. Es la mujer que amo, la mujer que elegí para traer al mundo a mis retoños y sé que nadie me obligó a ello, pero igual antes de dar ese paso, debería sentarme a su lado y con un poco de firmeza instarla a contarme más cosas sobre ella. ¿No creen?

17 de julio de 2008

Nana



Nana viste toda de negro. Su pelo, negro. Los zapatos, negros. Hasta el tirante de la enagua que asoma por el escote de su vestido negro es negro. Sólo el rubor de las mejillas y el blanco de su piel rompen esa monotonía de color.

—Cuarenta y ocho años son muchos años. Siempre pensé que yo sería la primera.

Son las primeras palabras que salen de su boca desde que abandonamos la estación. La miro, sin disimulos, abiertamente. Sus ojos se nublan. Desvío la mirada. A Nana no le gusta que la vean llorar.

Nana habla con la mirada fija en un punto de su pasado que yo desconozco. Habla y juguetea con el cierre del bolso que descansa en su regazo. Ese bolso que me encanta registrar, desde niña, en busca de caramelos. Y de repente la veo corriendo tras de mí por los campos de naranjos, con un vaso de leche tibia en la mano. Que diferente se ve de aquella mujer, a pesar de la lucidez que no la abandona, de su cabellos sin canas.

— Lo conocí aquí. Yo estaba de vacaciones con mis abuelos. Él era amigo de mi tío y venía casi todos los días a la casa. Pasaban horas sentados en el salón hablando de política. Yo hacía compañía a mi abuela, siempre con un libro en la mano, siempre con la cabeza puesta en lo que haría al terminar mis estudios. Durante ese tiempo no demostró por mí mayor interés que el de tenerme como compañera de cartas en las tardes de lluvia. Y yo, yo tampoco le presté mayor atención: mi corazón aún no tenía edad para el amor y él…, él era demasiado alto para mí.

Nana se gira hacia mí y sonríe. No puedo evitar una exclamación de sorpresa. Sabe lo que estoy pensando. Arquea sus cejas en un gesto divertido y su cara recobra por un instante la juventud de antaño. ¿Qué ha sido de aquella mujer chiquita, vivaracha, de energía inagotable que se peleaba constantemente conmigo por la comida? Sólo sus ojos parecen no haber envejecido.

— Días antes de mi regreso me invitó al cine. Pensé que lo hacía más por deferencia a mi tío que por interés hacia mí. Y así se lo hice saber. Y él no dijo nada. Era el primer hombre con el que salía sola de paseo. Ya sabes, entonces no era como ahora. Fue divertido.
Días después, en la estación, al disponerme a subir al tren que me llevaría a casa, me preguntó si podía escribirme. Mientras me ponía de puntillas para depositar un beso en su mejilla, le dije que sí.

Nana calla. Sus manos juegan con la alianza que baila en sus ahora consumidos dedos. La de él cuelga de la cadenita que lleva en el cuello.

— Intercambiamos muchas cartas. En ellas contaba cómo iban las cosas por su ciudad; ni una sola palabra que hiciera entrever sus sentimientos hacia mí. Y yo, yo le hablaba de mi deseo de convertirme en una mujer de negocios. Si la abuela no hubiera enfermado nunca nos hubiéramos vuelto a ver.
El día que la enterramos me pidió en matrimonio. Mi corazón dio un vuelco, toda yo temblaba. ¿Cómo era posible descubrirse así de repente? Aún hoy no lo entiendo...
Lo he querido como pocas veces se quiere en la vida. Él me amaba y me entendía como nadie y ahora… ahora no sé que hacer sin él.

Nana se lleva la mano al cuello y agarra con fuerza la alianza que pende de él. Sus ojos se enturbian y las lágrimas caen sin control sobre su alma.

14 de julio de 2008

Mentiras compulsivas

−Psicopatía: anomalía psíquica por obra de la cual, a pesar de la integridad de las funciones perceptivas y mentales, se halla patológicamente alterada la conducta social del individuo que la padece.


Si yo dijera que soy un escritor famoso, que tengo más de un centenar de libros publicados, que una vez al mes acudo a una cena literaria en la que mi compañero de mesa es Elizondo, ¿me creeríais? ¿Me creeríais si os dijera que soy redactor en la revista Rolling y que mi última entrevista, hace una semana, fue al mismísimo Sinatra? ¿Por qué entonces creéis a otros? ¿Será porque ellos se sientan junto a Paco Ignacio Taibo II, porque entrevistan a Bono, porque son Directores en una multinacional farmacéutica? ¿Será porque esas situaciones sí pueden corresponder a una realidad? ¿Radica ahí el quid de creer unas mentiras sí y unas mentiras no?

Tal vez debiera presentarme. Me llamo Gabriel Azuela de La Torre e investigo comportamientos "anormales" en la red; comportamientos que bajo ciertos supuestos pueden considerarse peligrosos.

En dos semanas se cumplirá mi décimo aniversario en este entramado. Así creo poder decir que conozco mucho de mucho y mucho de muchos. Yo que siempre había sido reticente a navegar sin rumbo, a los dimes y diretes sin ver la cara del prójimo (y no hablo de una fotografía), aquí me tenéis, asiduo discontinuo (que no enganchado y dependiente) a esta charchia de bytes y megabytes, y ahora, más sorprendido que nunca por los últimos "descubrimientos" en este colosal territorio de rimas y leyendas, de conspiraciones, mitos, ficciones, quimeras, supersticiones, patrañas e invenciones. En resumidas cuentas, de verdades y mentiras.

Y, ¿cuánto de verdad y cuánto de mentira hay de nosotros mismos en esta mundanal trampa a la que pocos escapan? ¿Muchas verdades y pocas mentiras? ¿Muchas mentiras y pocas verdades? Ahí me temo que muchas mentiras y pocas verdades. Y poco pasaría sí esas mentiras no fueran más allá de un simple: "soy domador de felinos", "contrabandista de diamantes", "bucanero", "piloto de Fórmula Uno", pero existe un largo etcétera a esas invenciones que lleva hasta la expresión más repulsiva de las mentiras, de las mentiras patológicas: la psicopatía.

La red es como una amena conversación que las horas y el consumo excesivo llevan a la decadencia; una amena tertulia que se va apagando paulatinamente, una plática en la que los tertulianos acaban abandonando posiciones, poniéndose al descubierto, perdiendo el pudor, bajando la guardia, cometiendo errores. Y es entonces cuando todas las cosas feas quedan al descubierto, y yo entro en acción.


Continuará...