25 de junio de 2009

Ultima voluntad

Abrieron su nicho, después el féretro y tomando todos y cada uno de sus huesos los introdujeron en una maloliente bolsa de plástico que arrojaron al fondo de su sepultura.
Unas horas más tarde, y no contentos con haberlo dejado hecho un ovillo, lo apachurraron contra la pared del fondo con un nuevo ataúd. Dentro estaba su mujer.

Si hubiera sabido que pasaría esto cuando pidió que los sepultaran juntos…

Mini Ficción Es

En la corte de Camelot

Arturo, a instancias de Mordred, irrumpe en los aposentos de la reina para descubrirla frente a Lancelot, sobre el alfeizar de una ventana, en postura poco decorosa.
Conocedora de que eso podría significar su muerte, Ginebra exclama: “¡No insista Lancelot, no nos conocemos lo suficiente como para almorzar juntos!”


Excesos

Cronos, impaciente, mordisqueaba una ramita de apio. Era su primer pecado desde que Asclepio le diagnosticara, hacía poco más de nueve meses, sobrepeso provocado por una alimentación rica en ácidos grasos. Aunque, en verdad, no podía precisar si la causa de su desazón era la ramita en cuestión o el retoño que en breve pensaba llevarse a la boca.


Víctima inocente

Tomó tanto impulso antes de lanzar el puño hacia su contrario que dejó K.O. a uno de los espectadores de la primera fila.


Muerte infusa

De pequeño gustaba de mirar la luna y poner cabezas de escarabajo a las lagartijas. Cuando aquellas travesuras le aburrieron especuló con la idea de llegar a ser algún día un eminente cirujano.

Una oscura mañana de enero decidió comprobar la creencia que había crecido con él. Preparó el instrumental, los sedantes y, en aquella habitación iluminada por su infantil luna llena, se puso manos a la obra. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando trepanó el cráneo, otro cuando, valiéndose de aquel agujero como punto de inicio, puso en marcha la sierrecilla eléctrica con la que levantó literalmente la tapa de los sesos.

Lo encontraron en el suelo con un rictus de decepción en su cara. La sangre aún manaba de su difunto talento.


Enigma

El vacío que reina en el interior de la decrépita mansión amplifica la estridente risa, mientras los lugareños, atrincherados en sus jacales, se estremecen de terror. Una risa que se balancea en el aire al tiempo que su emplumado autor se recrea, orgulloso de sí mismo, en el placer repetitivo de los primeros sonidos pronunciados.


Sorpresa

Cuando el seductor tuvo, al fin, acceso al deseado tesoro que ella escondía entre sus muslos, se quedó petrificado.
Días atrás, Gorgona Medusa decidió poner fin a su maldición escondiendo aquella maraña de serpientes, y su cabeza, entre las piernas.


De risas y risas

Voltea, se mira al espejo y lanza una risita apenas audible. Frunce el ceño y se aleja. Unos pasos más allá se detiene, gira, pone pose y observa con detenimiento su reflejo en la pulida superficie. Mantiene la postura, sonríe con timidez, sus ojos se iluminan, la sonrisa pierde vergüenza, se aclara la garganta y…

Y pensar que hace un instante, un rostro sin rastro de arrugas a cambio de reír como hiena, no le pareció tan mal negocio.


Y los sueños… ¿Sueños son?

Sonrió, al despertar, tras una noche increíble de viajes intergalácticos, descubrimiento de nuevos planetas, encuentros con otras civilizaciones.

No vería los titulares de prensa que llenaron los kioscos aquel día: "Astronauta y nave espacial se pierden en el espacio. Nuevo fracaso en la Conquista del Universo". Perdido en el espacio nunca podría gritar al mundo que había conquistado el infinito.


Haute couture

Centenares de ángeles aguardaban expectantes mientras Yahvé se preguntaba cómo se había dejado convencer. Cuando se abrió el telón y seis arcángeles minifalderos, con escotes de vértigo, medias de seda y zapatos de tacón se dirigieron contoneándose hacia Él, comprendió su error. La gota que colmó el vaso: ver a la multitud jaleando a Sealtiel que vestido de novia cerraba el desfile lanzando pétalos de rosa.


Trick or treat?

Se propuso conseguir golosinas y bizcochitos a cualquier precio.
Vestida de repelente niña Monster aporreó con descaro la puerta de la casa de su primera víctima pero sus voluptuosas curvas de mujer resultaron difíciles de disimular bajo aquel minúsculo traje.


Ficción máxima

Desoyendo las palabras de aviso manuscritas en la portada, abrió el libro.

Primero escuchó un leve tintineo. A continuación, las ventanas de su cuarto se abrieron de golpe y un par de patos atravesaron cual flechas la estancia, succionados por el libro. Tras ellos, el caniche del quinto, un banco del parque, dos niños sentados en un pony de feria, una silla de barbero —cliente incluido— y su madre, con cara de espanto, gritando algo que le sonó a reprimenda seguida de amenazas de castigo.

Para cuando quiso reaccionar, el mundo entero había pasado ante sus ojos y él volaba también rumbo al espacio exterior.

23 de junio de 2009

Bombero

Una promesa es una promesa

A dos amigos de mi memoria



Aquel desván acumulaba recuerdos como motas de polvo anegaban sus dominios. Una existencia infinita le había permitido atesorar tantos inservibles, que cuando me aventuré en él, siendo apenas una niña, sus penumbras, su olor, sus sonoros silencios, lo que permanecía oculto, me cautivaron.


Era raro el día que no lo visitaba. Al principio con miedo, no fuera que alguna de las pequeñas criaturas que lo habitaban saliera a darme la bienvenida sin previo aviso, luego con tanta impaciencia por averiguar qué me depararía la nueva visita que ni un fantasma habría sido capaz de hacerme desistir en mi empeño por descubrir qué escondía: lo visible y lo invisible, lo que se palpaba o lo que uno se imaginaba.


Una tarde, a la hora de la siesta (que yo nunca hacía, porque me parecía una soberana pérdida de tiempo), aprovechando el silencio en que quedaba sumida la casa ,subí aen busca de algo con que jugar, algo que rescatar del olvido. Entre montones de papeles descubrí una maravillosa historia de amor.


Nunca pude averiguar si fue verdad.



"Lo decidí el día de mi quince cumpleaños.

Yo lo que quería era ser bombero, bombero para apagar incendios, bombero para lo que haga falta, pero sobre todo para apagar fuegos, de los de verdad (con llama) y los de su corazón (sin llama, pero que a mí me causaban más respeto y atracción que los anteriores).

¿Recuerda cuando con mi guitarra al hombro, camino de algún paraje tranquilo en el que dar rienda suelta a mis sentidos, me crucé con vos?

Es verdad que siempre pensé que yo la vi primero, pero también es verdad que nunca he dejado de pensar si sería vos quien me vio primero, porque no hay forma de recordar si en cuanto la miré nos miramos o en cuanto me miró nos miramos. Eso, eso fue lo único que se me escapó, todo lo demás lo llevo guardado en mi corazón, sobre todo cómo supo sonreír bajando la mirada para hacer que me enamorara de vos y entonces decidí que yo lo que tenía que ser era bombero, para apagar su fuego.

Sólo habían pasado cinco minutos y ya nos habíamos visto tantas veces...

Pero quiso el azar que al final yo no fuera bombero, a pesar de mi deseo. Y que nuestro enamoramiento no acabara en casamiento en aquel momento.

Quiso el azar que yo fuera pateador de pelotas y que por mis pies tuviera que salir de su vida, aunque nunca la olvidé y en la distancia la soñaba.

Y tiempo después fue también el azar, el que nos unió y nos separó, el que de nuevo me hizo desear ser bombero, porque yo lo que siempre quise ser fue bombero.

Y usted de nuevo ante mí, toda de negro, como de incógnito, como si con ese color pretendiera que no la viera. Pero la delataron sus ojos, su mirada, la misma que cuando la miré y nos miramos por primera vez o me miró y nos miramos por primera vez (ya le dije antes que nunca conseguí que ese recuerdo me quedara claro).

Usted algunos años más tarde de que yo la abandonara por culpa de unas pelotas y de unas circunstancias que me arrastraron tan lejos que le perdí la pista, pero sin olvidarla. Y todo por culpa de unas pelotas que de nuevo me llevaron ante usted y de nuevo me hicieron desear ser bombero.

Ya sé que no tenía la obligación de ir y usted tampoco. Fue el azar. Yo pensando, tranquilo, no vaya a ser que la espante o lo que es peor que le atice por no haber sido al final bombero. Yo pensando, ¿tranquilo?, ¡un cuerno!, pero manteniendo la compostura. No quería que pensara que lo de patear pelotas me había convertido en un histérico. En un ser solitario puede y falto del cariño que un día soñé, pero no en un “histérico descontrolado” que ya en edad madura pegaba saltos frente a usted para llamar su atención. Porque fue su sola visión lo que me hizo saltar de ese modo, a pesar de los años pasados y vividos. Porque fue su presencia la que me hizo desear de nuevo ser bombero y como ahora a mis años ya no había peligro de que otras pelotas se interpusieran entre nosotros decidí aventurarme y preguntar, aún a riesgo de que usted me atizara, por mi desplante y por mi desvergüenza.

Y aceptó y nos casamos y no fue un error (como un loco dijo que sería). Ni siquiera hubo divorcio, ni tampoco hijos, no porque no quisiéramos, si no porque a nuestros años eso ya no era tarea fácil.

Y yo te recuerdo, de negro y con sabor a mate y a “biscochitos”.

Y yo te recuerdo cuando deseaba ser bombero y cuando tú aceptaste, aunque al final nunca llegara a ser bombero."

8 de enero de 2009

Lady Laura

Lady Laura
abrázame fuerte
lady Laura
y cuéntame un cuento
lady Laura
un beso otra vez
lady Laura


Pancho despierta, como todas las mañanas, con los ojos fijos en el techo por el que corren las primeras luces de la mañana. Claroscuros que se cuelan por las contraventanas que protegen los enormes ventanales de la estancia. Ventanales siempre abiertos, abiertos para que entre la brisa marina, para que la habitación se inunde con aromas de sal.

La casa se escucha en silencio. Un par de horas más y se llenará de ruidos, también de otros olores. Olor a pan, a café, a bacón y a huevos..., a su perfume. Pancho ladea la cabeza hacia el rumor de las olas que alcanzan la playa que se extiende a los pies de la casa. Una casa de piedra y madera, pintada de blanco inmaculado: contraste perfecto con el intenso azul que siempre viste el cielo. Unos minutos más y se levantará, cambiará su pijama por unos diminutos shorts para salir corriendo por uno de los miradores rumbo a las dunas más cercanas al agua, aquellas impregnadas por la humedad de las mareas.

La mañana se siente fresca. Pancho continúa en la cama, boca arriba. Ahora, con la mirada perdida en el infinito tras los batientes, imagina, en el celeste que se destila por sus rendijas, un día repleto de éxitos para sus construcciones de arena y agua. Tal vez hoy levante una enorme fortaleza, un gigantesco castillo con torres y almenas, con un foso repleto de agua. Sonríe. Sonríe y piensa en el pequeño león de poblada melena que aún se distingue en la arena, en el barco varado en tierra, devorado por aquella ola que llegó más lejos que las otras y que por un instante lo devolvió a la mar.

La manija de la puerta gira. Un dulce aroma invade la estancia y abre las contraventanas. El olor a sal se intensifica. La brisa vuela por la habitación. Pancho sonríe impaciente. Ya casi es la hora.

El olor dulzón se dirige hacia él. Pancho, nervioso, abraza los diminutos pantalones que cuelgan del cabezal de su cama. Ya es la hora.

Aferrado con fuerza a su ropa de juego Pancho se deja llevar por unos brazos firmes, suaves y perfumados. Los mismos que todos los días lo sacan de esa cama y lo visten para dejarlo con mimo al pie de la colina donde se levanta la casa, a resguardo de olas aventureras que puedan llevarse lejos ese cuerpecito que ahora sólo ansía jugar, ya no caminar.

El sillón

Suena el despertador a una hora demasiado intempestiva, para ser festivo. De un manotazo lo silencio, media vuelta en la cama, escondo la cabeza bajo la almohada y trato de sumergirme de nuevo en el estado de profundo sopor del que me ha sacado ese insistente pitido, aún a sabiendas que debo salir de casa, como mucho, en treinta minutos.

Una hora después despierto sobresaltada, miro el reloj y, sin encender la luz, salgo disparada hacia la ducha. En la carrera tropiezo con la cómoda situada a los pies de la cama. Algo cae y se hace mil pedazos contra el suelo.

Me quedo paralizada, rogando para que aquel espantoso ruido no sea lo que parece. Trato de avanzar para dar la luz y ver si…, pero no hace falta: el crujir de trocitos de esmalte bajo mis pies me indica que mi cortesana japonesa de kimono azul pasó a mejor vida.

¡Al fin en la cocina!, fatal de tiempo, a medio vestir y con el pelo mojado, tomo un jugo de naranja directamente del envase mientras se calienta el agua con la que prepararme un té. El micro pita, abro la puerta, introduzco la mano y… ¡¡¡aaaaaaahhhh!!!

Por suerte es aún temprano, la ciudad está desierta y se puede conducir a cierta velocidad. Así, pese a los primeros inconvenientes de la mañana, consigo llegar a mi cita con sólo una hora de retraso, tres de mis dedos abrasados y el pelo hecho un desastre.

Juan me espera en la esquina convenida. Un gesto renegón aparece en su cara; un encogimiento de hombros, por mi parte, lo transforma en sonrisa. Junto a él, una barbie monísima que no había visto en mi vida, y que resultó llamarse Marie.

Mientras caminamos le comento a Juan el desgraciado accidente de mi dama esmaltada. Maldice y comenta que va a estar jodido conseguir otra pieza como ésa. Palabras que me sumen más en el pesimismo de un día que comenzó malamente.

La barbie observa, lanza suspiro quejumbroso, toma aire y suelta una perorata respecto a su preciosa colección de jarrones Art Decó de Emile Gallé que tiene recluida en un vitrina, para que no sufran accidentes "evitables" como ése. Juan observa a la barbie y babea. Yo la miro con odio.

Continuamos la marcha al ritmo de la cantaleta, sin freno, que mantiene la muñequita. Habla de esto, de aquello, de lo de más allá, hasta que nombra algo que capta la atención de Juan, y se pone a describirlo con todo lujo de detalles. Juan babea incluso más que cuando la mira a ella. Yo no puedo reprimir una mueca de asombro: el rey de la modernidad baboseando por una pieza que ni de lejos se acerca a sus gustos.

De pronto algo llama mi atención. ¡Quedaría de perlas en mi cuarto! Agarro del brazo a Juan y lo arrastro tras de mí. Ella absorta en su propia conversación se queda en mitad de la calle hablando consigo misma. Juan protesta, pero yo insisto, le señalo con la mano. Sus ojos se abren como platos. Estructura metálica, tiras de cuero tensado sobre las que descansa una piel de cerdo, con sus cerditas y todo. Sonrío, contenta de haber recuperado a mi Juan, a mi Juan supermoderno, y casi estoy abrazándolo cuando unas palabras de recriminación, seguidas de un grito ensordecedor, nos saca de nuestro ensimismamiento. La tal Marie ha perdido por completo la compostura de niña pija y pega saltitos, al tiempo que señala algo. Juan se gira, exclama y palmea junto a ella. No doy crédito a mis ojos.

— ¡Lo quiero, lo quiero, lo quiero! —dice ella.

— ¡Lo quiero, lo quiero, lo quiero! —dice Juan.

¡Sigo sin creerlo! Aquello es espantoso. Un enorme sillón en madera cincelada, tapizado con un terciopelo que debió ser rojo sangre en otra época y que ahora, además de de calvas, tiene un par de sietes enormes, remendados sin disimulo, y un montón de mugre; eso sin contar con que sólo le quedan tres de sus cuatro patas cabriolé.

— Ahh, quedaría de muerte en mi salón —suspira ella.

— Si me siento en él, prometo no levantarme jamás — suspira Juan.

Y mientras Juan sigue profiriendo exclamaciones sobre aquel espanto, yo trato de atraer de nuevo su atención hacia mi precioso sillón. Pero ya no hay nada que hacer. Ha quedado por completo atrapado por su presencia.

— Si me siento en él, juro no levantarme jamás — repite Juan...




Suena el despertador. De un manotazo lo silencio, media vuelta en la cama, escondo la cabeza bajo la almohada y trato de sumergirme de nuevo en el estado de profundo sopor del que me ha sacado ese insistente pitido, aún a sabiendas que debo salir de casa, como mucho, en treinta minutos.

Una hora después despierto sobresaltada, miro el reloj y, sin encender la luz, salgo disparada hacia la ducha. En la carrera tropiezo con la cómoda situada a los pies de mi cama para caer sobre Juan y esa horrenda butaca que además de sus muchas lacras huele que espanta.

16 de diciembre de 2008

Homenaje a Machado

Mil veces ciento…, mil veces mil…

Pasa triste una nube mientras rayas con esmero, con el esfuerzo patente en la puntita de lengua que asoma entre tus dientes, un cuaderno de hojas pardas. Tu maestro, un anciano enjuto y seco, pasea frente a la pizarra. Capote raído, arrugado como su rostro, como las manos que sujetan la delgada vara con la que marca el ritmo de la lección, con la que a veces castiga severo la punta de los dedos.

Mil veces ciento…, mil veces mil...

Toda la clase repite en monótona cantinela la lección. La tarde, plomiza y fría, se refleja en las gotas de los cristales, en la ausencia de guantes y abrigos en las perchas, en los cuerpos que tiritan bajo ellos. No hay Caín, ni Abel.

Mil veces ciento…, mil veces mil...

Sigues concentrado en la labor de decir y escribir a la vez. No resulta fácil. La lluvia que golpea los cristales rompe el ritmo. Una voz se adelanta, otra se atrasa. Mil veces ciento…, un millón…, cien mil…, mil veces mil... El viejo arruga, aún más si cabe, su entrecejo. La caña golpea el sobre de una mesa. Segundos en que sólo se escucha el repiqueteo del agua que cae sin misericordia, gotera al final de la clase. El coro se recompone.

Mil veces ciento…, mil veces mil...

El maestro continúa su andanza, mueve la vara como director de orquesta. Tu lengua de nuevo entre los dientes, los dedos doloridos de tanto apretar el lapicero. El reloj de la iglesia marca las cinco. Sientes un picotazo en la oreja. La clase recita: Mil veces ciento…, mil veces mil… Te volteas, enfadado, justo en el instante en que el destello ilumina la clase, justo en el momento en que todo el coro infantil, menos tú, atento a la cámara que los enfoca, pone punto final a la lección.

Mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón.

17 de septiembre de 2008

Clara

Clara despierta. Por delante un duro día de trabajo, un exmarido que no deja de causarle problemas y dos hijos que mantener y, aunque sabe que no está bien: — Ojalá digan pronto que se marchan de su lado.

El sol aún no alumbra y la ciudad se siente en calma. No llega ni un sonido del exterior y eso parece contribuir aún más si cabe a acrecentar su soledad. Una soledad que arrastra tras de sí desde el día que dejó su pueblo para venirse a la gran ciudad. Salió de su casa para abandonar la miseria que la envolvía y buscar algo mejor pero, por desgracia, sólo encontró más miseria y mucha soledad.

Si se hubiera quedado en el pueblo, quién sabe qué le hubiera deparado el destino, pero al menos habría vivido en una miseria arropada por el calor y el amor de los suyos. Un calor que perdió en la distancia.

Sale a oscuras del salón, no quiere dar la luz, no quiere despertar a sus hijos. Hace meses que no duerme en su cama. Sólo el sofá le da la calma necesaria para conciliar un breve sueño. A oscuras se viste y se lava la cara. Ya no le gusta mirarse al espejo. Su imagen le lastima: sus ojeras, sus arrugas, esa vejez prematura que parece haberse adueñado de su cuerpo... No soporta ver en qué se ha convertido, en qué la han convertido, porque la vida no ha sido buena con ella. No lo ha sido y presiente que nunca lo será. Le da miedo expresarlo en voz alta pero, está gafada. La mala suerte le acompaña allá donde va.

Nota cómo una lagrima se desliza por su mejilla y no hace nada para retenerla. Ahora las lágrimas gobiernan su vida a su antojo. Vienen cuando quieren y se van sin pedirle permiso. No le quedan fuerzas para intentar dominarlas.

En la cocina un olor nauseabundo casi le hace vomitar.

— Malditos críos —. Hace dos días que les dijo que vaciaran el cubo de la basura y allí seguía, en su sitio, lleno a rebosar, descomponiéndose a pasos agigantados a causa del calor que los azotaba esos días.

Otra lágrima surca su cara, pero está vez es de rabia. Ella partiéndose el lomo para que ellos tengan qué comer y los muy cerdos viviendo a cuerpo de rey, sin dejar de poner la mano y de exigir plata. La vida no era justa con ella, no, no lo era.

Cierra los ojos, da media vuelta y a tientas busca las llaves y el bolso. Sus manos tropiezan con un sobre. No recordaba haberlo visto ayer. Decide no abrirlo. Seguro que le reclaman algún pago y ahora no tiene fuerzas para enfrentarse a nada. Mejor lo abre cuando regrese a casa, como siempre ya bien entrada la noche.

Por las mañanas limpia en una fábrica, por las tardes en un edificio de oficinas. Odia el trabajo en esas oficinas. Allí nadie es amable, nadie se digna a mirarle a la cara. Nunca la habían tratado bien. Nunca, hasta que llegó él. Otro error más que sumar a su larga lista.

El primer día incluso la llamó por su nombre. Ninguno en aquel asqueroso lugar había pronunciado hasta ese momento su nombre. “Eh tú” era la forma más amable que tenían de reclamar su atención. Así que cuando al girarse vio esa sonrisa iluminando aquella cara, se sintió flotar. Hacía tanto que nadie le sonreía... Después le dio conversación, le regaló los oídos con palabras amables, incluso la invitó un par de veces a tomar un bocado a la salida del trabajo. Pero resultó ser igual que los demás. Un polvo rápido, carente de cualquier muestra de ternura en los lavabos de las oficinas, era el último recuerdo que guardaba de él.

Una nueva lágrima surca el rostro de Clara que impasible la ve estrellarse contra el suelo. La vida no es justa, lo sabe, pero ella no se merece tanta injusticia.

Al fin ha acabado su jornada. Por suerte el día había pasado rápido. Le resultaba insoportable el trabajo en aquel lugar, pero necesitaba el dinero que semanalmente recibía como pago por sus servicios. Y hoy era día de paga y, como siempre, nadie para entregársela en mano. Sólo aquel sobre marrón pegado con celo en la puerta de su taquilla. Pero esta vez junto a él cuelga otro de color blanco. Un sobre que lleva su nombre. Entonces le viene a la memoria el que esta mañana encontró al levantarse y decide no abrirlo, ya lo hará cuando llegue a casa.

Mira el reloj. Las once. Demasiado tarde para encontrar un autobús. Tendrá que volver andando y el trayecto le llevará al menos una hora si anda ligerito. Pero no tiene ganas. No tiene ganas de llegar a casa, de pelearse con sus hijos, de ponerse de mal humor, de ver una vez más su casa convertida en una pocilga, porque ella ya no da para más y sus hijos nunca le echan una mano. Sólo saben darle más trabajo. — Ojalá se marchen pronto de casa. Ojalá se larguen y me dejen sola —. Sabe que no está bien que una madre desee eso, pero hay ratos en los que incluso desea que no hubieran nacido. Sin ellos se imaginaba su triste vida de otra manera. Sin ellos no hubiera tenido que pasar tantas penurias tras su separación.

Él hombre que la enamoró sólo quería una sirvienta y un cuerpo caliente al que arrimarse para satisfacer sus necesidades, y cuando ella se dio cuenta era demasiado tarde. Con dos niños, sola y sin dinero, no tuvo más remedio que seguir a su lado.
Recordaba con ironía como un año más tarde él la abandonaba “harto de aguantarla a ella y a los niños”. Sin dinero, con un alquiler que pagar y dos criaturas que alimentar tuvo aceptar el primer trabajo que le ofrecieron.

De eso hace ya catorce años.

Sigue caminando sola. La ciudad está desierta, sumida en el silencio de la noche, roto sólo de vez en cuando por el ruido de algún coche o de alguna motocicleta.

Mira el reloj y acelera el paso. Son casi las doce. A lo lejos el sonido de un vehículo que se detiene, unos pasos a sus espaldas y un golpe seco.

Clara despierta, por segunda vez ese día. Ante ella la inmensidad de la noche y un dolor terrible de cabeza. En medio de la acera alcanza a distinguir su bolso tirado en el suelo. Lo recoge, se pone de pie como puede y sin molestarse en rebuscar en su interior lo cierra. Esta semana no tendrán qué comer. Todo su esfuerzo, las horas de sueño que no ha tenido, no han servido de nada.

Dolorida y con el rostro surcado por miles de lágrimas llega a su casa. Rebusca en el bolso intentando localizar sus llaves. Por un momento piensa que también se las llevaron. Pero no, allí están las llaves y el sobre blanco que le dejaron en la taquilla.

Al abrir la puerta el olor procedente de la cocina le hace retroceder. Ya no huele sólo a basura, huele también a platos sucios amontonados desde hace días, huele a casa sin ventilar, a casa hecha un desastre. Pero ella ya no puede. Dieciocho horas de trabajo diario es más de lo que un ser humano puede soportar. Abatida se derrumba.

Cuando levanta la cabeza ve el sobre de la mañana y se acuerda del que guardó en su bolso. Lo abre y saca una pequeña hoja escrita a máquina. “Le comunicamos que a partir de hoy prescindimos de sus servicios en nuestra empresa. Como compensación, esta última paga equivale al salario de dos semanas”. Y ni una sola palabra más.

Ya ni siquiera percibe el repulsivo olor que lo inunda todo. Quiere gritar, pero nada sale de su garganta. Se siente cansada, necesita dormir. Necesita descansar. Igual mañana es capaz de pensar con más calma. Igual hasta es capaz de encontrar una solución.

Su mano roza el otro sobre. También lleva su nombre. Le tiembla todo el cuerpo cuando lo abre. Dentro una nota escueta : “Prueba de embarazo: positiva”